domingo, 1 de agosto de 2021

«El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed» En el desierto Dios alimentó a su pueblo con el maná, el pan bajado del cielo. Y en el Evangelio Jesús nos dice que trabajemos por el alimento que perdura para la vida eterna. Ese alimento es él mismo: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás». Y ese trabajo es ir acercándonos cada vez más a Cristo por medio de la fe. Ello supone aceptar sus enseñanzas: despojarnos del hombre viejo, corrompido por sus apetencias seductoras; renovarnos en la mente y en el espíritu, vistiéndonos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas...

Solemos decir que los seres humanos somos los únicos animales que tropezamos varias veces en la misma piedra. Eso quiere decir que fallamos una y otra vez y no escarmentamos ni aprendemos de los fallos ajenos. Generación tras generación se repiten las mismas tentaciones y las mismas caídas. El libro del Éxodo recoge una queja de los israelitas en el desierto que se repite una y otra vez a lo largo de la historia: preferimos tener algo seguro, aunque vivamos como esclavos, a arriesgar por la libertad. Y es que las personas generalmente somos débiles y cobardes ante las dificultades, sobre todo si no cultivamos la espiritualidad. La mentalidad de Dios, sin embargo, es otra. Con signos e inspiraciones nos hace ver que nunca nos abandona y que muchas veces nuestras quejas son meros pataleos infantiles. Verdaderamente no tiene sentido echarle en cara a Dios que no cumple. Desconfiar de él es cerrarse a sus dones. Y esto no tiene nada de sensato. Por eso la carta a los Efesios nos recuerda que no es así la verdad de Cristo. Él nos ayuda a ir por la vida con criterios sólidos y nos enseña a asimilar la mentalidad de Dios, la única que renueva la condición humana. Para ello hay que despojarse de todo lo que corrompe y degrada y revestirse de santidad. Como vemos, la conversión cristiana es tarea de todo el año: no admite vacaciones. En el Evangelio se inicia ya el gran debate sobre el pan de vida. Jesús reprocha a quienes ha dado de comer: "Me buscáis no porque hayáis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros". No le han captado, tal vez porque el sentido de sus vidas va por otros derroteros. Y es que para entender a Jesús hay que desear la calidad de espíritu, lo que verdaderamente anima y perdura. Por eso dice Jesús: "Trabajad no por el alimento que perece, sino por el que perdura". Esto nos lleva a recordar aquella otra afirmación cargada de verdad: "No sólo de pan vive el hombre". Nadie discute que tenemos unas necesidades materiales que precisamos satisfacer; pero también tenemos otras necesidades y otras aspiraciones que generalmente atendemos menos. Esto es lo que nos reprocha Jesús. Lamenta que se le busque sólo por intereses materiales y no por los valores del espíritu. Éste es el fondo del debate. Él se esfuerza en revelarse como pan de vida, pero casi nadie le entiende. Es un error y un egoísmo mezquino buscar a Dios sólo por intereses materiales, recurrir a él sólo o principalmente cuando nos falta algo o cuando andamos con el agua al cuello. Dios quiere ser descubierto en toda su condición entrañable y liberadora. Es verdad que somos seres indigentes, necesitados; pero nuestro corazón tiene ansias de plenitud y unas aspiraciones que sólo Dios puede colmar. Es aquello de San Agustín, después de haber sufrido muchos desengaños: "Señor, nos has hecho para ti, y nuestro corazón no descansará hasta que repose en ti”. En resumen, el desarrollo humano es más que satisfacción de necesidades económicas. El corazón y el espíritu tienen unas necesidades que no se cubren con dinero. Por eso qué razón lleva la sabiduría popular cuando reconoce que el dinero no da la felicidad, aunque colabore. Por su lado, Jesús intenta por todos los medios que lleguemos a entender que nos puede alimentar con su mensaje, con su estilo vital, con su simbolismo redentor de Hijo de Dios. ¿Es tan difícil comprender esto? P. Octavio Hidalgo

domingo, 25 de julio de 2021

MISA POR EL BICENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA DEL PERÚ - Dia: Jueves 29 de julio del 2021 Lugar: Parroquia del Perpetuo Socorro , Rúa Lalin 3 Vigo Hora: 20 Horas (8 de la tarde)

La Hermandad Peruana en Galicia en colaboración con la Pastoral diocesana de las Migraciones Tui Vigo invita a la comunidad peruana a la Eucaristia que oficiará el RRPP Pedro Carro Delegado de la Pastoral Diocesana de las Migraciones Tui Vigo en conmemoración del Bicentenario de la Independencia del Perú

viernes, 23 de julio de 2021

Santiago Apóstol, patrono de España, solemnidad Santiago, hijo de Zebedeo, hermano del apóstol san Juan, fue el primero de los apóstoles en beber el cáliz del Señor, cuando participó en su Pasión, al ser decapitado por orden del rey Herodes. De esa manera anunció el reino que viene por la muerte y resurrección de Cristo. Estando sus restos en Galicia, es patrono de los pueblos de España. Pidamos por su intercesión que España se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos. Una petición muy necesaria hoy día, cuando la fe y los valores cristianos están tan en crisis en nuestra sociedad. Pidamos también que seamos testigos de esta fe, como Santiago, dispuestos a beber el cáliz del Señor..

Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo fue uno de los Apóstoles más cercano al Señor. De hecho lo encontramos junto con Pedro y su hermano Juan en el episodio de la Transfiguración y en la Oración en el huerto de Getsemaní. Según la Tradición, fue el evangelizador de España y por esto lo tenemos como Patrón. En él se cumplen las palabras de Pablo que escuchamos en la Segunda Lectura, en la Segunda Carta a los Corintios: “el tesoro del ministerio lo llevamos en vasijas de barro”. Un simple pescador de Galilea, probablemente iletrado, se convierte en apóstol que llega hasta el “fin de la tierra” y en el primero de los Doce en dar la vida por el Señor. No le detuvo su pequeñez, su incultura, su incapacidad, más aun, esto se convirtió en su fuerza porque de este modo se manifestó “que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros”. Las palabras proféticas de Jesús en el Evangelio que responden a la petición de la madre de Santiago se cumplieron con creces: Santiago bebió el Cáliz del Señor, dio la vida por él, compartió sus padecimientos, fue entregado a la muerte, y por esto venció, la “vida del Señor se manifestó en su carne mortal”. Todos, pequeños y grandes, doctos e incultos, estamos llamados a esto. Desde el Bautismo somos marcados, incorporados a la muerte de Cristo, para que en nuestra vida se manifieste su victoria. A unos, como a Santiago, el Señor los llama para que gasten su existencia en el trabajo Evangélico activo, a otros para que en su actuar cotidiano sean testigos de la Salvación de Dios. Es cierto que no es fácil, que nos atacan por todos los lados, que estamos acosados, en ocasiones apurados, que nos derriban una y otra vez, pero no nos aplastan, no desesperamos, no nos rematan porque, como Santiago, en todo esto vencemos por Aquel que nos ha amado.

domingo, 2 de mayo de 2021

«El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante» - Ser cristiano equivale a estar llamados a dar frutos de santidad. Y para dar esos frutos tenemos que estar como los sarmientos unidos a la vid. Cristo es la vid verdadera. Y estaremos unidos a él guardando sus mandamientos, que es creer por la fe en su nombre, y amándonos unos a otros tal como nos lo mandó. Por la gracia que se nos da en los sacramentos, especialmente en la eucaristía, Cristo permanece en nosotros y nosotros en él. Por el sacrificio eucarístico, Dios nos hace partícipes de su divinidad. Sin él no podemos hacer nada. Son sus palabras las que deben guiar siempre nuestras vidas.

Es muy conocida la conversión de San Pablo. Es sabido cómo se entregó a evangelizar y con qué pasión vivió el testimonio por la causa de Jesús. El impacto de la fe le condujo pronto por el camino de la mística y por la senda difícil de los profetas. Como él mismo reconoce, por la gracia de Dios, no por sus méritos, llegó a ser un profundo creyente. Valoró tanto el conocimiento vivencial de Jesús que todo lo demás lo consideró pérdida y basura (Cf. Flp 3,7-8). Para él, la vida es Cristo; y en el colmo de la experiencia mística llega a afirmar: "Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí" (Gá 2,20). En nuestra sabiduría popular tenemos un refrán que recoge perfectamente el mensaje de la segunda lectura: "Obras son amores, que no buenas razones". San Juan dice: "No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad". La fe se demuestra con obras, y una de las principales es el amor. Amamos con acierto si seguimos las indicaciones de la conciencia y las de Dios, que nos habla por medio de la conciencia. El texto del Evangelio habla del Padre como viñador, de Jesús como el tronco de la vid, y de nosotros como los sarmientos. Para que el sarmiento dé fruto, ha de estar unido a la vid, es decir, a Jesús; separados de él, no podemos hacer gran cosa. Por tanto, la unión con Jesús es un asunto de gran importancia. La poda en la vida vegetal es necesaria; sin ella la fecundidad queda rebajada. Dios Padre nos poda: recorta defectos, nos corrige con la intención sana de que seamos más fecundos... Es necesario dejarse podar por Dios. Su plan, su deseo y su gloria es que vayamos por la vida dando fruto abundante. El valor que se resalta repetidamente en el pasaje evangélico es la unión con Jesús para hacer algo digno en la vida. Pero no se trata de una unión cualquiera. Podemos vivir la unión con Jesús desde las ideas: nos convence su doctrina, encontramos valioso su Evangelio. Y desde ahí brota la admiración. Pero, además, podemos vivir la compenetración con Jesús desde la espiritualidad, donde la fe se esponja y se riega con la savia propia de Jesús que es su Espíritu. Jesús quiere invadirnos con su mística, con su amor, con su genio sano de hombre entero. Si nos abrimos a esta compenetración, notaremos gran dinamismo, fuerza interior, savia joven y vida nueva. P. Octavio Hidalgo.

domingo, 25 de abril de 2021

Domingo 4º de Pascua - «El buen pastor da su vida por las ovejas» Hoy es el domingo del Buen Pastor, Cristo, que ha dado la vida por sus ovejas, que somos nosotros, para salvarnos del pecado y de la muerte. Y no solo ha muerto y resucitado por nosotros sino por todo el mundo: «Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor». La Iglesia, con sus diversos carismas y vocaciones —de manera especial por medio del orden sacerdotal— hace presente en el mundo a Cristo, el Buen Pastor. Hoy es un día especial para pedir al Señor que nos dé las vocaciones sacerdotales y consagradas que la Iglesia necesita para seguir evangelizando y creciendo en la unidad...

Es una verdad sin discusión que la Iglesia es santa y pecadora. La historia de la Iglesia arrastra muchas sombras, pero es igualmente cierto que en la historia de la Iglesia hay muchas luces y valores. En el nombre de Jesús se ha hecho mucho bien desde la época de los apóstoles: se ha curado a muchos enfermos, se ha ayudado a muchos pueblos, se ha entregado la vida al servicio de muchas causas nobles... Si lo resaltamos al comentar la primera lectura, es para que nosotros sigamos esta línea santa y comprometida de la Iglesia. Por otra parte, ¡cómo entusiasma el mensaje de la segunda lectura! ¡Qué amor tan grande ha tenido Dios Padre para hacernos hijos suyos! Esta verdad fundamental de la revelación cristiana es tan rica y elocuente que bastaría ella sola para llenar la vida de orientación, de sentido y de esperanza. Es justo y necesario que meditemos profundamente lo que significa ser hijos de Dios. Este gran título eleva a todos los humanos a una misma categoría. Si todos somos hijos de Dios, todos somos hermanos. Por consiguiente, que nadie se sitúe por encima de los demás y que no haya nadie por debajo. El evangelio del cuarto domingo de Pascua centra la mirada en Jesús, buen Pastor. La figura del pastor es un recurso del que se valen los autores bíblicos para hablarnos de Dios. Jesús se sirve también de esta imagen para manifestarnos su proceder y sus sentimientos. Él es el pastor sincero y fiel que se deshace en atenciones: busca a la oveja descarriada, sale al encuentro de las que no están, quiere un solo rebaño, ofrece en abundancia los valores del Reino a todos y entrega la vida por amor. A este Pastor le interesan las personas, una a una: nos conoce a cada uno por el nombre propio. Sabe muy bien nuestras historias..., y, pese a todo, nos quiere elevar a la altura de su dignidad. Por eso entra en comunión con nosotros y llega redentoramente hasta la locura de la cruz. Esta imagen de Jesús, como buen Pastor, ha marcado la conciencia y la memoria de la Iglesia. Desde el principio hasta ahora se ha venido destacando la lección formidable de este Pastor: su elegante generosidad, su sacrificio liberador: “Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente". Las comunidades cristianas de todos los tiempos tenemos un gran ejemplo en este modelo de pastor. Es un ejemplo claro de cómo debemos vivir las responsabilidades dentro de la comunidad y cómo debemos ser misioneros que salen a buscar a los que no están. Es una motivación a intensificar la fraternidad hacia dentro y hacia fuera. Este Pastor nos invita hoy a comulgar con sus valores para seguir caminando por la ruta de la solidaridad y del servicio, el culto que agrada a Dios. Sabe muy bien lo digno que es vivir como hijos de Dios. Quien lo escucha y sigue, desarrolla el mayor de los aciertos. P. Octavio Hidalgo-

domingo, 18 de abril de 2021

Domingo 3º de Pascua - «Así está escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día » - Estaba escrito que el Mesías tenía que padecer, siendo así víctima de propiciación por nuestros pecados y por los del mundo entero. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos. Esta es la razón de nuestro ser cristianos, miembros de la Iglesia: existimos para evangelizar, una vez convertidos de nuestros pecados. También es la fuente de nuestra alegría y esperanza de participar un día del gozo de la resurrección. Y desde que resucitó, Cristo se nos revela a través de los signos: el partir el pan, la eucaristía; las llagas de sus manos y sus pies, nuestros hermanos más pobres y necesitados...

Avanzamos en el tiempo de Pascua. El mensaje de los textos bíblicos nos siguen motivando a vivir en alza, con la moral elevada, con el ánimo crecido. Es el tono pascual, consecuente con la experiencia de la resurrección, que debe caracterizar la vida del cristiano en todo momento. Por eso resulta lógico y adecuado el consejo de San Juan: "Hijos, os escribo para que no pequéis". En efecto, el pecado lesiona la vida, rebaja la moral, debilita el ánimo. No es posible conocer a Dios, comulgar con Jesús y... pecar. Además, desde el pecado no es posible la paz ni la comprensión de las Escrituras. Sólo la apertura a Jesús resucitado abre el entendimiento para comprender el Evangelio con la cabeza y con el corazón. Y cuando un creyente está así de capacitado, es capaz de mucho. El pasaje evangélico de hoy es otra catequesis sobre la resurrección, la gran experiencia que puso en movimiento a los primeros cristianos para anunciar, como testigos, la calidad humana y redentora de Jesús. La resurrección de Jesús es el acontecimiento espiritual que más ha impactado y conmovido. Sabemos, sin embargo, que, tanto entonces como ahora, algunos dudan, otros se resisten a creer y otros confunden a Jesús resucitado con un fantasma del pasado o del presente. Los que tenemos la suerte de creer profundamente podemos asegurar que la fe confirma lo que intuye la sensibilidad: nuestra vida no se pierde en el sepulcro, somos seres para la plenitud. Decía Jesús: "¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad..., palpadme...". Sabemos que no necesitamos de los sentidos para captar y entender la resurrección, que la fe no se basa en la seguridad de los sentidos, sino en la experiencia espiritual y religiosa. Alguien escribió: "El corazón tiene sus razones que la razón no comprende... Es el corazón el que siente a Dios, no la razón. Y eso es precisamente la fe: Dios sensible al corazón, no a la razón". En efecto, el significado de la resurrección se percibe por la línea de la espiritualidad y de la fe. Y el gran mensaje que brota de la resurrección es: ¡Ánimo, vecinos, que tenemos futuro, que la vida y la bondad están por encima de todos los miedos y desánimos! Lo único que puede oscurecer la comprensión de la resurrección es el pecado. Por eso: "arrepentíos y convertíos"; de lo contrario, es imposible coger la onda de Jesús vivo y salvador. P. Octavio Hidalgo.