domingo, 28 de febrero de 2021

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA.- "Este es mi Hijo, el amado"En este domingo se nos anticipa el misterio de Cristo resucitado y glorificado a la derecha del Padre. Así ocurrió en el misterio de la transfiguración: “Por la cruz, a la luz”. Dios entregó a su Hijo a la muerte por nosotros; pero la pasión es el camino de la resurrección. Así hemos de vivir el misterio de la cruz siempre, y de modo especial en estos días de Cuaresma, llenos de esperanza en que un día también resucitaremos. Al participar en la eucaristía del cuerpo glorioso de Cristo, nos hacemos partícipes ya de los bienes eternos del cielo.

Creyente es aquel que se fía de Dios y le hace caso, pero no de una manera ingenua, sino por impacto y experiencia religiosa. Abrahán es considerado por judíos, cristianos y musulmanes como el Padre de todos los creyentes, es decir, de los que obedecen a Dios. Cree contra toda esperanza. Primeramente cree en la posibilidad de un hijo humanamente imposible y luego se atreve a renunciar a él por obediencia a Dios. Abrahán es de esos creyentes con casta que demuestran con hechos una verdad fundamental: hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Ahora bien, lo que la fe fue para Abrahán y para los grandes creyentes, ha de ser también para nosotros: apertura a los planes de Dios, entrega de la mente y del corazón, actuación comprometida y confianza en el Espíritu. La fe es un gran don y una ayuda poderosa para ser persona. Vivir la fe es lo que caracteriza a un creyente. Esto se traduce en una existencia acorde con el plan de Dios, con el seguimiento de Jesús; por tanto, con un estilo testimonial y comprometido. La vida es el campo donde se ejercita la fe. Para Jesús la gran señal de que uno cumple como creyente es la caridad y la solidaridad. Toda la ley y los profetas se resumen en amar a Dios y al prójimo. Por consiguiente, la fe no es sólo para el templo o para los locales parroquiales; es también e importantemente para la vida laboral, familiar, para la calle, el ocio, etc. La segunda lectura insiste en un mensaje: Dios salva solamente. Este es su oficio y su bendita manía. Si nos ha entregado a su propio Hijo como mártir por nuestra salvación, ¿cómo nos puede condenar? El amor divino sólo inspira salvación. Por eso, nuestra respuesta debe ser la santidad. La transfiguración de Jesús en lo alto del monte es una experiencia mesiánica de gran calado. Deja estupefactos a los tres discípulos: "¡Qué bien se está aquí!", dice Pedro. Llegan a descubrir que Jesús es más que Moisés y Elías juntos, es decir, más que toda la Ley y todos los profetas anteriores. Reciben el impacto de que Jesús es la Palabra culminante y definitiva de Dios. Por eso, en adelante es a él a quien hay que escuchar y seguir. Los tres discípulos vivieron esta experiencia con gran asombro, hasta el punto de olvidarse que están en la cima del monte. Pero Jesús se encarga de volverlos a la realidad. Y la realidad de cada día no está en lo alto del monte, sino abajo, donde vive el pueblo con sus problemas y sus quejas. El monte es bueno para oxigenar el espíritu y para fortalecer la moral en vistas al compromiso, pero nunca puede evadir o alejar de la realidad. Vista así la vida cristiana, es atractiva y fascinante porque aporta hondas experiencias que motivan a caminar hacia nuevas metas y a escalar montañas de valores. Según esto, todos necesitamos impactos cautivadores y golpes de gracia, como el vivido por los tres discípulos en el monte Tabor, para cargar las pilas de mística evangélica. P. Octavio Hidalgo.

domingo, 21 de febrero de 2021

Primer domingo de Cuaresma - Convertíos y creed en el Evangelio"Vivir la alianza bautismal y la conversión creciente es muy difícil, aunque no imposible. Todo lo que se dio en Jesús es posible para cualquier cristiano. El problema estriba en la tentación que ronda y amenaza siempre. El primer domingo de Cuaresma nos recuerda cada año que la tentación es una realidad que merece profunda consideración. No es asunto de importancia menor, ni ha pasado de moda, por más que alguno lo piense. Para Jesús fue asunto decisivo y principal. Así lo recogió en la oración que nos dejó como testamento: "No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal"..

Los pactos de Dios son una constante bíblica, que alcanzan su expresión más significativa en la Alianza. La gran Alianza que siempre se le recordará al pueblo del Antiguo Testamento es la establecida en el éxodo de Egipto junto al monte Sinaí. La nueva y definitiva Alianza para nosotros es Jesús, nuestro Redentor. La Cuaresma nos brinda la oportunidad de enlazar con lo más genuino y dinámico de la tradición bíblica y cristiana, y de repensar el propio bautismo con su simbolismo de alianza. En efecto, por el bautismo cada cristiano establece alianza con Dios por Jesús en el Espíritu. El bautismo es orientación y proyecto de vida, conversión creciente. Pero no hay conversión posible si uno no es consciente de sus pecados. Por eso necesitamos silencio, retiro, concentración para promover la conversión bautismal como apunta San Pedro: no se trata de limpiar una suciedad corporal, sino de pedir a Dios y de alcanzar una conciencia pura. Vivir la alianza bautismal y la conversión creciente es muy difícil, aunque no imposible. Todo lo que se dio en Jesús es posible para cualquier cristiano. El problema estriba en la tentación que ronda y amenaza siempre. El primer domingo de Cuaresma nos recuerda cada año que la tentación es una realidad que merece profunda consideración. No es asunto de importancia menor, ni ha pasado de moda, por más que alguno lo piense. Para Jesús fue asunto decisivo y principal. Así lo recogió en la oración que nos dejó como testamento: "No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal". Antes de lanzarse a la misión profética, Jesús sufrió en el desierto un fuerte debate interior: la voluntad de Dios y el ideal de su Reino le atraían poderosamente; pero, como criatura humana, sufrió el asalto de la tentación. Jesús optó por seguir al Espíritu de Dios y se reafirmó en poner la vida al servicio del ideal que tenía decidido. Y así, con los criterios renovados, salió del desierto absolutamente decidido por el Reino de Dios. El afán de poder, el deseo de tenerlo todo, de usar y abusar de todo, de consumir a ultranza, etc., son tentaciones que nos envuelven socialmente. Hay quien piensa que no está prohibido nada y que poseerlo todo es vivir como dioses. Pero el ser humano, después de probarlo todo, se encuentra vacío, más pobre que nunca y profundamente defraudado. Al comienzo de la Cuaresma se nos recuerda que la tentación está ahí, no ha desaparecido. Jesús la padeció, pero la venció. ¿Nosotros? P. Octavio Hidalgo.

domingo, 14 de febrero de 2021

Jesús, ante el leproso sintió lástima, extendió la mano y lo tocó. Violó la ley, pero no por ello se sintió impuro. Al contrario, se sintió bien por ayudar y curar a una persona. Como se sentía igualmente bien cuando ayudaba a las prostitutas, se reunía con los publicanos y comía con los pecadores públicos. Había venido para esto: para estar sobre todo con los pecadores, con los socialmente corrompidos, a fin de poder recuperarlos para la sociedad y para el Reino de Dios

Según la tradición judía, había que arrinconar a los leprosos, apartarlos de la vida social como impuros; eran contagiosos: nadie se podía acercar a ellos y, menos aún tocarlos. Era la manera de defenderse de esta enfermedad incurable y peligrosa. Pero Jesús, que no ha venido a romper sin más con las tradiciones, pero sí a mejorarlas, en este caso no podía seguir la corriente de las costumbres que habían ido fraguando. Ante el leproso sintió lástima, extendió la mano y lo tocó. Violó la ley, pero no por ello se sintió impuro ni con la fama manchada, como recalcaban los más tradicionalistas. Al contrario, se sintió bien por ayudar y curar a una persona. Como se sentía igualmente bien cuando ayudaba a las prostitutas, se reunía con los publicanos y comía con los pecadores públicos. Había venido para esto: para estar sobre todo con los pecadores, con los socialmente corrompidos, a fin de poder recuperarlos para la sociedad y para el Reino de Dios. Si somos un poco reflexivos, probablemente caeremos en la cuenta del peligro que corremos todos de marginar y de ser marginados: si alguien no me cae bien, lo aparto de mi camino; si para alguien soy antipático, me borra de su lista; si uno me ha hecho una jugada, lo elimino de mi círculo. No es raro oír: "Yo con éste no me hablo", "tal persona acabó para mí", "esa familia es la peor del bloque; con ellos no hay nada que hacer", etc. Si analizamos nuestras reacciones seguramente descubrimos que muchas veces marginamos porque nos dejamos llevar por los prejuicios, porque emitimos juicios de valor discriminatorios, porque somos rencorosos y cortamos la relación con algunas personas, etc. ¿Qué causas ha habido? ¿Qué lepras hemos encontrado en ellas para alejarlas? ¿Cómo debemos proceder si nos consideramos verdaderamente cristianos? El amor cristiano no admite ninguna marginación; es compasivo ante el sufrimiento y las necesidades de los desfavorecidos. Precisamente por estas fechas Manos Unidas promueve la Campaña contra el Hambre. El paisaje de la pobreza y la marginación se va ensanchando día a día en el mundo. No está lejos de nosotros. Nos han golpeado mucho con la propaganda del bienestar y lo que vemos es un panorama de pobreza que martillea el alma. La situación del Tercer y Cuarto Mundos es trágica. No es problema de un solo día, sino de todo el año y de todos los años. Manos Unidas nos propone reflexionar sobre nuestro modo de vivir, sobre las necesidades que nos inventamos, sobre el sentido de lo imprescindible y lo superfluo en relación con las imágenes dramáticas que alguna vez hemos visto en la televisión. Hay solución si practicamos la caridad cristiana y si promovemos una cultura de solidaridad. ¿Qué podemos aportar nosotros? P. Octavio Hidalgo.